EL BANCO CENTRAL EUROPEO: OPCIONES A FUTURO

 

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EL BANCO CENTRAL EUROPEO: OPCIONES A FUTURO

 
 
Por Juan Antonio Falcón Blasco, miembro del Movimiento Europeo y del Team Europe de la Comisión Europea. 
 
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El Banco Central Europeo (BCE), que constituye el núcleo del Eurosistema y del Mecanismo Único de Supervisión, comienza una nueva andadura con Christine Lagarde. Antes de nada, es interesante apuntar que, al ser la única institución verdaderamente federal de la eurozona, el BCE fue la instancia de último recurso durante las crisis desencadenadas a partir de 2008, y tuvo que recomponer el sistema cuando los gobiernos nacionales no fueron capaces de alcanzar un acuerdo.
 
Como otros bancos centrales, el BCE ha expandido ampliamente su conjunto de políticas monetarias en los últimos años. Este proceso comenzó con Jean-Claude Trichet, pero con Draghi se intensificó a través de instrumentos como el lanzamiento de operaciones de refinanciación a largo plazo para bancos, la expansión cuantitativa (QE), la orientación futura y los tipos de interés negativos sobre depósitos.
 
Hay que destacar que al BCE le resultó mucho más difícil implementar estas medidas poco convencionales que a la Reserva Federal de Estados Unidos (FED), al Banco de Inglaterra y al Banco de Japón. Y es que estas políticas tienen implicaciones distributivas mucho más allá de las políticas de tipos de interés tradicionales; pues en la eurozona esto suele adoptar una dimensión geográfica, que puede intensificar el desacuerdo. En cualquier caso, el BCE ha sabido defender el principio de que dichas implicaciones distributivas son menos importantes que la necesidad (y la ventaja económica para todos) de preservar el euro y combatir la deflación.
 
Resultado de imagen de fotos BCE lagardeLos equipos de dirección del BCE y de las instituciones de la Unión Europea (Comisión Europea, Consejo Europeo y Parlamento Europeo) cambian constantemente, y quienes estuvieron al frente de estas organizaciones durante las crisis anteriores ya no lo están. Con lo cual, podría ponerse en riesgo el trabajo hecho anteriormente. Afortunadamente, en estos momentos se mantiene un cierto consenso acerca de que la eurozona necesita no solamente de la política monetaria para garantizar un crecimiento y una estabilidad continuos.
 
Lógicamente, con tipos de interés rondando el cero, una mayor coordinación de las políticas monetarias y fiscales es una obligación. La eurozona también se podría beneficiar sustancialmente con políticas macroeconómicas prudentes y mejores herramientas de resolución bancaria, así como con el desarrollo de la Unión de Mercados de Capitales. Sin embargo, existe muy poco consenso político para alcanzar unas mayores competencias de tipo federal y un mayor nivel de distribución de riesgos (asignatura pendiente de los Estados miembros de la eurozona). Por ello, la gran misión del BCE a futuro seguirá siendo mantener unida a la eurozona.
 
Tal misión no se presenta como una tarea fácil, ya que si se produjese otra crisis, con una capacidad fiscal limitada en algunos países y con una ausencia de herramientas de estabilización comunes, el BCE tendría que recurrir al uso de políticas poco convencionales una vez más. Es decir, que seguramente debería expandir tanto su programa de compra de activos, como el tamaño y la composición de su balance. No obstante, sin un avance significativo en una integración financiera más profunda y en un mercado de capitales común, la distribución del riesgo seguirá siendo limitada, lo cual perjudicará la efectividad de los esfuerzos del BCE.
 
Resultado de imagen de fotos BCEAbordando otro aspecto, el BCE ha recibido alguna crítica indicando que debería mejorar la transparencia en su proceso de toma de decisiones y dar a conocer a los responsables de su estrategia de dos pilares (el análisis económico y el monetario). Igualmente, se ha comentado que su meta de inflación “por debajo, pero cercana al 2%” en el medio plazo debe ser más precisa.
 
Asimismo, la independencia del BCE se cuestiona en ocasiones, lo cual sucede con muchos bancos centrales. Pero, a diferencia de la FED y del Banco de Japón, por ejemplo, el BCE debe desarrollar su actividad en medio de intereses de países de una Unión dividida. Pese a todas las críticas, es importante señalar que un acuerdo político para crear una moneda europea común habría sido imposible de no ser por el consenso mundial reinante en torno a la independencia de la figura del banco central en los años 1990. En el caso del BCE, la independencia se estableció por tratado como exigencia alemana. Y el principio de la independencia es clave para el funcionamiento de la eurozona. Por lo tanto, es preciso defenderlo a toda costa, especialmente, en momentos en los que el BCE se ve obligado a evolucionar y asumir un mayor papel para compensar las divisiones entre los gobiernos nacionales del club euro. Este ingrediente será vital para un porvenir saludable del BCE.
   
 
 

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